Encuentro Navidad

El pasado viernes día 14 de diciembre a las 20.30, tuvo lugar el encuentro de Navidad al que asistimos los miembros de la Apyma, los delegados de cada curso (en representación de los padres), profesores y personal no docente en un acto que reunió, en definitiva, a toda la comunidad colegial para dar la bienvenida a la Navidad. Al inicio, hubo un rato de oración, dirigida por nuestro compañero Fran Alegría y queremos compartir con todos la preciosa oración que preparó. En ella, a través de Simeón, nos unimos a la espera de Aquel que viene para salvarnos, con la alegría de sentirnos amados por Él.

SIMEÓN

 

 

25 He aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre era justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 A él le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Cristo del Señor. 27 Movido por el Espíritu, entró en el templo; y cuando los padres trajeron al niño Jesús para hacer con él conforme a la costumbre de la ley, 28 Simeón le tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 -Ahora, Soberano Señor,

despide a tu siervo en paz

conforme a tu palabra;

30 porque mis ojos han visto tu salvación

31 que has preparado en presencia de todos los pueblos:

32 luz para revelación de las naciones

y gloria de tu pueblo Israel.

33 Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de él.

34 Y Simeón los bendijo y dijo a María su madre: -He aquí, éste es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será contradicha,

35 para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu misma alma.
Lucas 2:25-35

 

 

INTRODUCCIÓN.

 

            Esta noche nos vamos a fijar en Simeón. Lo primero que se nos dice de él es que era justo y piadoso. Esto nos habla de una persona con cierta altura humana. Alguien que no vive centrada en sí misma, sino que vive más allá de sí mismo, que valora la justicia y busca a Dios. Además se nos dice de él que espera. Simeón es un anciano. Un anciano… que espera ¿Qué os parece esto?, ¿cómo os resuena el hecho de que una persona de cierta edad viva esperando? La vida de Simeón habrá transcurrido por las vicisitudes que atraviesa toda existencia humana, con sus dosis de dolores y de penas, también de alegrías, pero las contrariedades de una vida larga no han conseguido apagar en él la actitud de espera y esto dice de él. Dice que su corazón puede ser viejo, pero está vivo. Pero es que además el contenido de aquello que espera tampoco es muy algo muy normal: espera el consuelo de Israel, el cumplimiento de las promesas que Dios ha hecho a su pueblo. Su espera tiene por objeto algo extraordinario, que se tendrá que confrontar con lo que la realidad le muestra, pero que es capaz de esperar más allá de lo visible. Y si bien vemos que humanamente vive abierto por la justicia y por la piedad, esta espera extraordinaria, que solo puede tener su fuente en Dios mismo, abre su vida aún más.  Pero aún hay algo más extraordinario y es cómo vive Simeón. Se nos dice que “movido por el espíritu, entró en el Templo” y él se define a sí mismo como “siervo de Dios”. Simeón vive dinamizado por dentro. No se mueve según los parámetros comunes, sino hacia donde el Espíritu de Dios le va guiando y sirviendo así a Dios. En el evangelio, esta forma de vivir, en escucha y obediencia, se nos manifiesta como la vida por excelencia. Y veremos que Dios le habita de tal manera, que es capaz de reconocerle allí donde nadie le ve, en un niño de tantos al que sus padres llevan al Templo según las leyes judías y se le inspira una palabra de Dios dirigida a María, la madre de Jesús, que le preparara sobre el juicio, la verdad y el dolor que traerá el misterio de salvación de su Hijo.

 

            ¡Qué grande lo que vemos en Simeón!, ¿verdad? Pero más grande es Dios que ha hecho todo esto posible en su vida y esta noche nos lo presenta para mostrarnos aquello que está dispuesto a hacer en la vida de cada uno de nosotros. Pidámoslo y orientémonos este Adviento hacia esta forma de vivir. Hacemos un momento de silencio que nos acalle bien por dentro para vaciarnos de ruido y poder escuchar a Simeón con la atención que merece.

 

Silencio

 

SIMEÓN:

 

Si se me preguntara que ha dado sentido a mi vida, tendría que responder que el brillo de una promesa. De tal forma ha sido así, que la historia de mi vida se puede leer siguiendo la luz de su destello. La primera vez que experimenté la presencia en mí de la promesa fue cuando murió Aarón, uno de mis hermanos. Aarón era muy querido por todos, así que cuando tras una terrible enfermedad murió con tan solo 12 años, aquello sumió a toda nuestra familia en un dolor tan agudo del que se hacía imposible escapar. Durante aquel período de duelo, aquella pena cargaba nuestras vidas, sobre todo las de mis padres, que nunca se recuperaron del todo. A mí, sin embargo, esto lo he visto ahora con el tiempo ya que entonces era muy joven como para reconocerlo así, el dolor y la pena no me acababan de vencer. No porqué yo hiciera algo especial o pusiera de mi voluntad para impedirlo, sino porque sin dejar de experimentarlos, había “algo” en mí que me decía que todo ese dolor no sería definitivo. Había “algo” en mí que esperanzaba el dolor y era capaz de resituarlo bajo la promesa de un consuelo mayor.

 

Pero yo no sabía convivir con algo tan extraño y así veo como más adelante, ya un joven, viví aquello que sentía por dentro al modo de cómo se vive una causa. Ahora veo como me apropié de ello y lo canalicé contra lo que yo consideraba el causante de todos los males de nuestro pueblo: los romanos. Así participaba en cualquier complot que se urdía contra ellos, opinaba constantemente sobre lo que había que hacer, reprobaba a todos aquellos que no se comprometían en la liberación de Israel, condenaba a los que colaboraban con el poder… ideas, ideas y más ideas que llenaban mi cabeza de ruido y que acababan estrellándose contra la realidad, a la cual mis ideas no conseguían afectar.

 

Por ello y durante una temporada, cansado de luchar, dejé de creer en la promesa. Esto lo recuerdo como la etapa más oscura de mi vida. La lógica y miles de razones se imponían para dejar de creer en algo que ni entendía ni me parecía ya real. Y al dejar de creer, mi vida se detuvo. Dejé de vivir, no así de funcionar, pero ya no vivía. Mi vida se agostaba y sin embargo, cuando bajaba la guardia y calladamente contemplaba los dolores, las heridas y las penas que me rodeaban, el brillo de la promesa, a modo de un suave pero firme destello, se me colaba en la mirada. Y sin saber bien cómo, poco a poco fui siendo como seducido para descubrir cómo había de vivirse algo tan increíble que me prometía que algún día todo dolor y toda pena serían consolados y no solo eso, sino que yo, de alguna forma imprecisa y velada, conocería ese consuelo. Fui descubriendo que aquello había de vivirse como una luz en el corazón, como una palabra de amor… y ¿sabéis lo que fue pasando cuando me iba dejando iluminar el corazón por esa luz y dejé que se pronunciara en mí esa palabra amorosa? Que yo mismo me fui haciendo promesa y consuelo para los demás. Esto, como podéis imaginaros, no se hizo de un día para otro, sino que hubo sus recaídas, sus retrocesos. Hubo que aprender a discriminar esta voz sobre otras voces, pero tengo que decir que aquello tiraba de mí con más fuerza que todos mis modos viejos. Comencé a experimentar una nueva vida, que se vivía dejándome llevar por la promesa y que buscaba consolar, aligerar, aliviar, alentar, esperanzar, reconfortar… según lo que me iba inspirando a cada momento que bien podía ser rezar por alguien a quien veía sufrir o escuchar a este otro que no podía con su vida o comprometerme con esa persona que necesitaba ayuda. Vivía a la escucha, a la escucha de la promesa y sin dejar de percibir que aún había algo más, algo mayor, que todavía me esperaba. Así se me presentó el Templo esa mañana mientras subía por la escalinata. Lo veía más grande que nunca y además como si fuera un edificio vivo, como si Yahvé estuviera realmente presente en su interior. Mientras ascendía por las escaleras, la promesa me palpitaba fuertemente por dentro y yo, Simeón, hijo de Baruc, bajo su latido avanzaba.

 

Música--- Nefalí

 

Al ascender por la escalinata de la puerta de Salomón, un demonio muy poderoso atacó mi cuerpo en forma de un dolor muy punzante en uno de mis costados. Dolorido y debilitado, entré en el recinto. Se acercaba la hora del sacrificio de los corderos y un gentío se dirigía al altar de las ofrendas. Aturdido, me escabullí como pude de la multitud y me dirigí hacia una zona del atrio de los gentiles, donde sabía que estaría tranquilo. Al llegar, me senté en la bancada de una de las galerías. Un sudor frío me empapaba y mi respiración se agitaba entrecortada. Mi aspecto debía ser tan lamentable que capté la atención de la única persona que se encontraba en ese lugar: una joven que amamantaba a su bebé. Al verme, retiró con cuidado a su hijo del pecho, incorporándose y se acercó, preguntándome por mi estado. Por su acento vi que era galilea. Me costaba hablar así que le señalaba el costado para indicarle donde me dolía. Entonces ella, sin vacilar se quitó su propio manto y me cubrió con el mismo. Asimismo, y con un paño comenzó a limpiarme el sudor del rostro. Me llamó la atención la delicadeza y el cuidado con que lo hacía. Por un momento incluso me hizo sentir como si me encontrara ante mi propia madre. Se sentó junto a mí con su hijo en sus brazos. Me preguntó si quería agua mostrándome un pequeño recipiente que llevaba colgado en el cinto. Le dije que no y le agradecí sus atenciones inclinándole mi cabeza. El dolor remitió de una forma además repentina y recuperé el habla. Le pregunté cómo se llamaba. Me contestó que Myriam. Me contó que había venido desde Galilea en peregrinación al Templo junto con gente de su aldea y que su marido y el resto del grupo se encontraban participando en el sacrificio de los corderos. Ella había tenido que retirarse para dar de comer a su hijo y me lo mostró. “Es un niño precioso” le dije “¿cómo se llama?” “Yeshua” me contestó y al decir su nombre, le brilló la mirada. Aquella joven me inspiraba confianza. Le conté que me llamaba Simeón, que era viudo y sin hijos, que ahora ya anciano la muerte me rondaba. Ella me escuchaba con muchísima atención. Alentado por su mirada acogedora, me salió abrir mi corazón y le confesé que a pesar de encontrarme a las puertas de la muerte, tenía un sueño. “¿Un sueño?” Me preguntó ella con ternura. “” le contesté “bueno, es más que un sueño, es una promesa… pero es algo muy extraño.” Me quedé callado. La promesa se hizo en mí sonido y brotó de mi interior de una forma fluida y ligera: “Sé que no moriré sin conocer la salvación de Israel”. “La salvación de Israel” repitió ella recogiendo mis palabras y de alguna forma haciéndolas suyas. Entonces se incorporó y se desprendió de su hijo para entregármelo. Lo hizo de una forma decidida, resuelta, como obedeciendo, como si me lo tuviera que dar, como si ese niño fuera de alguna forma… mío. Lo puso con muchísimo cuidado y cariño entre mis brazos sentándose de nuevo junto a mí y con la mirada más abierta e infinita que he visto, me dijo: “Este es, quien tu corazón aguarda”.

 

Música-Corde Natus

 

La promesa encontró reposo contemplando a Yeshua. Todo mi interior fue cautivado por la visión de este niño. El tiempo se detuvo y cogió el aire de encontrarse ante lo definitivo y sin embargo, paradójicamente, esto no significó el fin, sino el principio de todo. Toda mi vida se entendió como dispuesta para este encuentro. Todos mis pasos, incluidos mis desvíos, encontraban aquí su destino y su sentido. La promesa brillada en mí cumplida y la alegría se me desbordaba por dentro. Movido por el agradecimiento, abracé a Yeshua. Al hacerlo, experimenté que yo mismo era abrazado en un abrazo de tal inmensidad que era capaz de acoger todas las penas, dolores, lamentos… los míos propios y los que a lo largo de mi caminar había recogido. ¡Esta era la salvación! No tenía la forma de una fuerza que irrumpía y se imponía sobre todo ni la de una magia que solucionara los males ni la de una sabiduría que otorgara principios y orientara, sino la de un amor que te va seduciendo, empapando, implicándose, vinculándose, habitándote, desplegándote, haciéndote suyo… Y la única respuesta que cabía ante semejante amor era dejarse querer. Al dejarme amar, afloraba en mí una cerrazón oscura y fuertemente enraizada en mí a ser amado. Mi interior era conducido a que saliera a la luz mi verdad más tenebrosa y no lo hacía con el afán de ser condenado, sino con el deseo de ser sanado y liberado para poder convertirme en lo que más verdaderamente era… respuesta al amor. Este encuentro con la verdad me llevó a asomarme a lo que iba a ser la vida de Yeshua entre nosotros. Atisbé su vida como si fuera una espada de verdad que alcanzaba de lleno el corazón del mundo y el rechazo feroz que esto acarrearía por parte del propio mundo. Volví mi mirada a su madre, que permanecía junto a nosotros y nos contemplaba extasiada. Vi su corazón totalmente abierto ante el misterio de su hijo. Vi también su corazón descubierto y el dolor que esto supondría para ella. Entonces me sobrevino esa palabra inspirada y dirigida a ella, llamada a ser guardada viva por dentro. Ella, reconociendo su fuente, la recibió inclinando su cabeza, recogiéndola y permitiendo que se depositara en su interior para que hiciera en ella según su sentido.

 

El sol brillaba en lo más alto y su luz caía a raudales sobre el recinto del Templo. Un nuevo dolor más fuerte y esta vez con el vigor de algo invencible, empezó a propagarse por mi cuerpo, pero con Yeshua en mi regazo y de la mano de su madre, ¿qué podía temer? Las fuerzas se me escapaban. Aún así abrí mi mirada para contemplar el Templo por última vez. Celebré reconocerlo habitado realmente por Yahvé y mirando de nuevo, a Yeshua mi corazón exclamó:

 

Ahora, Señor, puedes despedir a tu siervo, porque mis ojos han visto tu salvación”. 

 

Fran Alegría-Adviento 2018.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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